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Fotos del caso Kendall

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Enlace al relato “Viaje en un Catalina” la aventura de la familia Kendall, abordo de un PBY Catalina http://wp.me/p1fMke-1G

Written by bernatejal

25 junio, 2011 at 10:24

Publicado en aviación, Relatos

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Viaje en un Catalina Pesadilla en el estrecho de Ormuz

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Este es un relato que surgio después de encontrar un curiosa foto de un avión sobre las arenas de una playa en el medio oriente, allá por Arabia Saudi, este foto era de un Catalina, oxidado y en estado de derrumbe inminente, siguiendo esta foto me topé con la chocante historia de esta familia americana que vivió una aventura de pesadilla, de ser las vacaciones de ensueño de cualquier persona a ser una aventura peligrosa. A continuación añado una traducción completa de como lo contó la revista Time Magazine, contando con el relato en primera mano de los que vivieron el suceso.

TIME MAGAZINE


El avión en Croydon, Gran Bretaña, por unas reparaciones en el morro.

DESENLACE DE PESADILLA EN EL VIAJE DE SUS SUEÑOS

En la última primavera Tomas Kendall, un industrial californiano retirado de 44 años, empezó un viaje de placer alrededor del mundo en un PBY anfibio que había convertido en un yate de lujo volante, el grupo de viaje de Kendall consistía en su esposa Miriam, sus hijos-Bob 24, Susan,5, Paul, 11, Kathy, 9- y su secretaria, la señora Ramona Shearer, y el hijo de esta, Stephen, 11. El fotógrafo David Lees (muchas de las fotos del relato son de éste), se unió al grupo durante el viaje, para relatar parte de este para la revista “Life”. Una tarde, hace unas pocas semanas Kendall amerizó en el Golfo de Aqaba en el Medio Este y el viaje de placer se convirtió en una angustiosa y casi fatal aventura, la cual relata en el siguiente artículo.

El autor: empresario de Los Angeles retirado y dedicado a equipamientos de aire acondicionado, prepara la ruta en Luxor Egipto, antes del despegue en su malogrado viaje.

por THOMAS W. KENDALL

A cincuenta metros de la playa bajé el tren de aterrizaje para que el avión no fuera arrastrado hacia la orilla durante la noche, al mismo tiempo ya estaba oscuro como boca de lobo y el viento arreciaba. Hicimos la cena y los críos subieron a sus literas.

Yo estaba fuera echando un último vistazo al ancla cuando oí al alguien gritando pero el sonido del viento y las olas me hizo imposible saber ni siquiera la dirección desde donde venían esos gritos. volví al aeroplano y comenté a los demás que no salieran. De todas maneras, gritamos que estábamos bien y exclamamos ¡salaam! para hacer ver que éramos amistosos. Susan me comentó que había visto la silueta de un hombre gesticulando, pero ya entonces la voces se habían dejado de oír.

A la mañana siguiente, 23 de Marzo, miércoles, nos levantamos a las 6 y inmediatamente pusimos nuestra bandera americana sobre el compartimiento del piloto, nos figuramos que si había alguien por los alrededores esto nos identificaría como amigos. Nos habían dicho que Arabia Saudita eran amiga de los Estados Unidos. De lo que no nos percatamos era de que muchos de sus soldados ni siquiera conocían la suya propia, dejen en paz ” la barras y estrellas”.

Durante el desayuno David Lees y mi hijo Bob mencionaron que antes del amanecer, habían visto unos hombre observando desde un montículo a unos 45 metros del avión. Los hombre vestían como soldados y uno llevaba una ametralladora. Después de un rato se alejaron. Puesto que no se acercaron supusimos que solo habían venido para echar un vistazo y que se habían ido cuando vieron que éramos gente pacífica. Nos habíamos acostumbrado a ver soldados por todas partes en el Medio Este, y no le dimos importancia.

Hacia las 7 en punto los niños se acercaron a la costa y andaban por la playa recogiendo conchas de mar. Bob y yo trabajábamos en el avión toda la mañana y David Lees tomó algunas fotos. hacia el mediodía la temperatura había alcanzado 38º y fuimos todos a darnos un baño antes de almorzar. Durante el día vimos una pocas personas alejándose en la distancia, pero estaban tan lejos que no podría decir si eran adultos o niños.

Tras un almuerzo tardío subí al ala del avión para inspeccionar el motor izquierdo. Bob estaba en el agua comprobando algún equipamiento en el morro. Stephen y Paul estaban chapoteando en los bajíos a unos 10 metros de nosotros, jugando con nuestra balsa salvavidas azul brillante. Los demás estaban a bordo, cuando terminé de poner la carcasa al motor, me puse en pie y eche un vistazo a los alrededores. Excepto a los chicos, no vi otra cosa que no fuera rocas, colinas bajas y arena pelada, miré el reloj y eran las 4:32 exactamente. Entonces oí algo que sonaba como distantes sonidos de petardos. Mi primer pensamiento fue que algún beduino local estaba celebrando el mes santo del Ramadán, que estaba en pleno auge. En Luxor, Egipto, nuestra última parada, los habían celebrado disparando un cañón, de repente observe pequeñas salpicaduras en el agua junto a la balsa salvavidas…. alguien estaba disparando a los niños.

Grite a Stephen y Paul que nadaran hacia el avión inmediatamente, salté del ala y entré en la cabina desde el portillo superior de la cabina, corrí hacia la cola para ayudarlos a subir, mientras corría gritaba a todo el mundo que se tirarán al suelo, estábamos siendo tiroteados, la señora Shearer corrió conmigo hacia la cola y vimos como nuestros hijos nadaban chapoteando como perritos muy despacio hacia el portillo, con solo sus cabezas asomando del agua, y tirando de la balsa como única protección entre ellos y las balas.

Por ahora las ametralladoras y las armas automáticas estaban haciendo blanco en el avión, no sé cuánto tiempo estuvimos ahí fuera gritando a los niños que se dieran prisa, la señora Shearer se expuso al fuego directo al intentar ayudarme a subirlos a bordo, y Stephen dijo, madre nos están disparando, después de eso no recuerdo que nadie dijera nada, solo el ruido de las balas perforando la piel del avión, era como estar en un bidón al que alguien golpeaba con un tubo. Más tarde David Lees dijo que en sus ocho años de guerra nunca había experimentado tal concentración de fuego. Estimamos que de 3000 a 4000 ráfagas fueron disparadas, al menos 300 dieron en el avión. La emboscada duró 30 o 40 minutos, y solo la cobardía de nuestros atacantes salvó nuestras vidas, si se hubieran acercado más en vez de esconderse detrás de los montículos que estaban a unos mil doscientos metros , durante la cortina de fuego les dije a los tres niños más pequeños, que se tumbaran sobre el suelo en el cuarto de baño, en el compartimiento de la rueda, era el más pequeño pero seguramente el más seguro de los compartimentos, estaba debajo de la línea de flotación y teníamos allí apiladas nuestras latas de conservas, mi esposa protegía a los niños con su cuerpo, como un gran pájaro protegiendo sus polluelos, aún así todavía existía un gran riesgo, aunque era casi imposible que recibieran un impacto directo, el alojamiento de la rueda estaba directamente debajo de los tanques de gas, me preocupe sobre el hecho de un escape de gas saliendo de un tanque perforado e incendiándose por una bala incendiaria. David Lees estaba en la parte trasera, en la zona de las claraboyas, la señora Shearer en el suelo en el compartimento delantero y Susan bajo la mesa de la cocina, en un principio, estuve un buen rato moviéndome comprobando las escotillas y que la gente estuviera bien, cuando el tiroteo empeoró me agazapé cerca de Susan.

Después de un rato vimos como la tapicería comenzaba a echar humo debido a una bala trazadora, sabía que tenía que haber alguna fuga de gas en algún sitio, podía levantarme y arrancar los motores y que me disparasen o bien permanecer agazapado y que nos quemásemos vivos, cuando me levante para ir al compartimiento de cabina y trafagar con algún interruptor y poder salir de allí, hubo otra ráfaga de tiros y sentí un golpe en el costado derecho, la bala entró justo por debajo de las costillas y me hizo girar y caer a unos dos metros, caí hacia atrás. Cuando la señora Shearer me oyó decir entre dientes que me habían dado, levantó su cabeza para mirarme, justo entonces un bala dio en su brazo derecho, justo donde había estado su cabeza, quitó una gran pieza de metal de en medio casi con sus uñas, pero no puedo alcanzar otra, yo estaba aturdido, ella me dio una toalla, y de alguna manera, de espaldas en el suelo, alzó un asiento para que pudiera pasar arrastrándome y conectar las baterías, entonces fui a la parte delantera de la cabina para activar los interruptores.

Mi hijo Bob, que estaba aún fuera del avión, golpeando el casco y pidiendo un cuchillo a gritos para poder cortar la línea de fondeo. La señora Shearer tomó un cuchillo de la cocina se arrastró hasta la cabina y se lo entregó desde la ventana. Entonces Bob subió al avión a través de la escotilla del piloto y mientras intentaba arrancar el avión la señora shearer apilaba unos tableros a su alrededor para su protección, yo me fui hacia la parte trasera para cerrar las escotillas casi arrastrándome.

UN GRITO DE LOS NIÑOS

Mi mujer todavía seguía tapando a los niños con su cuerpo, pero entonces hubo un gran estruendo en el habitáculo de la rueda y oí a los niños gritar, grité, alguien ha sido herido?, una bala había pasado rozando sobre sus cabezas y se había incrustado contra el espejo del cuarto de baño, lanzando los cristales sobre ellos, les dije “no más gritos a no ser que alguien esté realmente herido” y desde entonces no hubo ni un susurro de parte de ellos. Ninguno gritó o entró en pánico. Los niños sabían que era una muy seria situación y eso los hacía madurar rápidamente. Continué arrastrándome hacia la parte trasera del avión, justo cuando me alzaba para pasar uno de los compartimento estancos, me di cuenta que una bala había hecho trizas la parte trasera de mi traje de baño y pensé ja, ja, has fallado y me pareció tan buena broma que me reí. Más tarde el doctor me dijo que la bala había pasado limpia, y que el agujero de salida era seis pulgadas más grande que el de entrada.

Los motores empezaron a girar, aunque a trompicones, y Bob terminaría arrancándolos, le grité que subiera el tren de aterrizaje, no pensaba que pudiéramos hacernos al aire, pero al menos podríamos movernos para alejarnos fuera de alcance de las armas. El no pudo oírme con el ruido de los motores, así que me arrastre hacia adelante y puse la válvula selectora del tren de aterrizaje en la posición “up”, arriba, el avión comenzó a moverse muy lentamente. Mire hacia atrás y vi agua entrando en la escotilla de cola que estaba abierta, tenía bastante dolor en esos momentos así que grite a David Lees que la cerrara. El luchó por cerrarla tres o cuatro minutos pero no entendía el mecanismo así que tuve que volver a la parte trasera otra vez. Mi hija Susan me acompañó para ayudarme. Mientras estábamos forcejeando la puerta del mamparo estanco que lleva a la parte delantera del avión se cerró a nuestra espaldas y el compartimento de cola empezó a llenarse de agua. Seguimos intentando bajar el cerrojo de la escotilla pero cuando el agua llegó a nuestra barbilla tuvimos que dejarlo, requirió todas nuestras fuerza el poder abrir la puerta del mamparo estanco debido a la presión que ejercía el agua en la sección de cola del avión, cuando conseguimos abrirla parcialmente pase a Susan a duras penas pero a mí ya no me quedaban mucha fuerzas. cuando intente seguirla la puerta se cerró de golpe sobre mi cadera. Casi pierdo el conocimiento. De alguna manera Susan logró abrirla lo justo para que pasara mi pierna, aun conserva el moratón sobre su brazo cuando el puerta se cerró y rompió los vasos sanguíneos de su brazo.

En ese tiempo habíamos pasado a la parte delantera del avión, y este se había movido una media milla (ochocientos metros), fuera del alcance, aunque las armas seguían disparando, embarrancando en una arrecife de coral. El agua estaba entrando a través de rasgaduras en el fuselaje, parecía que hubieran sido hechas con un abrelatas gigante, todo estaba flotando alrededor nuestro, todo lo que pudimos ver de los chicos eran sus caras entre los escombros, un vertido de aceite salía del motor derecho y el olor del humo era nauseabundo.

Ordené a todo el mundo que saliera a través de la escotilla del piloto, e hicieron por llegar a la orilla que estaba a unas cien yardas, la profundidad del agua era solo de un metro y medio, había gasolina y aceite por todas partes. Teníamos 900 galones de gasolina y se estaba vertiendo desde los tanques agujereados y caía desde el ala del avión como la lluvia desde un tejado, todavía no se cómo no saltamos por los aires envueltos en llamas. David Lees me ayudó a llegar a la orilla. Stephen se repetía diciendo ” te quiero, madre” y la señora Shearer repetía “te quiero. Steve”.

Cuando alcance la playa, me deje caer, desvanecido y con bastante dolor. Todos estaban allí, descalzos, chorreando, y sucios con el aceite y la sangre que les había provocado los cristales rotos, y de nuestras mismas heridas, todos en traje de baño, excepto mi esposa y Susan y la señora Shearer, que llevaban “shorts” y blusas, Stephen y yo llevábamos camisetas. Paul estaba aferrado a una gran bandera americana que había agarrado cuando abandonamos el avión, él no la perdió de vista ni una vez hasta que volvimos a la civilización.

Bob volvió al avión para buscar productos de primera necesidad. Después de un rato lo oyeron en la cabina balbuceando, riendo y actuando de una manera extraña. Cuando Susan y David Lees fueron a buscarlo lo encontraron medio asfixiado por los vapores de la gasolina, no pudieron sacarlo y al final mi mujer volvió vadeando hasta el avión , gritó “bob”, te necesito, soy tu madre, esto consiguió que Bob sacara la cabeza y David lo agarrara y arrastrara hasta la costa.

Vimos nuestros atacantes por primera vez, cuando vimos tres camiones llevando unos 60 u 80 hombres, traqueteando sobre una colina a una media milla de distancia. Los hombres estaban gritando como bárbaros y disparando salvajemente en nuestra dirección. Todos permanecimos de pie, y con nuestro brazos en alto. Paul ondeó una camiseta blanca y su bandera. Mientras se aproximaban decidí ir a su encuentro. David Lees intento venir conmigo, le dije que se mantuviera con el grupo, si me disparaban, que buscara la mejor manera de protegerse ellos mismos.

Esos soldados tenían el aspecto más fiero que nunca hubiera visto, eran de tribus beduinas sirviendo en el ejercito de Arabia Saudí, tenían el pelo largo y sus dientes estaban afilados con lima, muchos de ellos llevaban atuendos que eran una combinación de espantapájaros, con ropas tribales y uniforme kaki, tenían los ojos llenos de furia y iban muy excitados, mostrando sus armas. Un hombre corriendo hacia mí y junto al primer camión, quitaba el seguro de una granada de fosforo, otros dos saltaron y me apuntaban con sus rifles mientras el resto seguían hacia donde mi familia estaba esperando. El dolor era intenso y apenas podía sostener los brazos en alto, no tenía más que un bañador y la camiseta ensangrentada, sin embargo ellos me registraban, dieron un paso hacia atrás y me apuntaron con sus rifles, podía ver sus dedos haciendo presión sobre los gatillos.

Yo dije “americanos, americanos”, finalmente uno de ellos repitió la palabra así que la entendió, tenía unos cincuenta años, el de la granada seguía manteniendo pulsado el disparador con una mano y el fusil con la otra, así me preguntaba que se iba a disparar primero.

Una jornada salvaje en el desierto

Cuando los camiones alcanzaron a los otros, Paul mostró nuestra bandera y alguien les entregó nuestros pasaportes americanos, pero no tuvo ningún efecto. Más tarde supimos que la mayoría de las tropas beduinas no saben leer ni escribir ni siquiera el general que ordenó el ataque.(Fotoshttp://wp.me/p1fMke-1O)

En 5 minutos usaron sus turbantes para vendarnos los ojos a todos excepto a los tres niños, nos arrojaron a dos de los camiones y empezó un viaje a través del desierto, botando sobre el rocoso desierto, sobre una manta sucia de piel de camello.

Yo estaba a punto del desfallecimiento por el dolor, Miriam y Kathy intentaban reconfortarme, a la orden de Bob, Stephen rompió su camisa para vendar mis heridas, la otra mitad de la camiseta la uso para vendar la herida de su madre, la cual dejó de sangrar de alguna manera. Después de dos horas de viaje llegamos a su campamento y los soldados sacaron el todo el mundo fuera de los camiones excepto a mí, suponían que no valía la pena pues pensarían que iba a morir allí mismo.

Me las arregle para quitarme la venda de los ojos y a duras penas bajé del camión, perdía el conocimiento con cada esfuerzo, los árabes solo observaban, me dirigí al único edificio entre el asentamiento de tiendas de campaña, nadie me lo impidió, entré y allí estaba mi familia, me ayudaron a tumbarme, los niños me dieron unas mantas, estábamos bajo vigilancia en un cuarto de adobe de tres por tres metros, con un sucio suelo, una lámpara de keroseno, y una banqueta que era ocupada por el vigilante.

La gente entraba y salía solo para observarnos, y uno de ellos nos trajo un puñado de pequeños tomates. Más tarde se nos ofreció algo de te dulce y arroz. La señora shearer era la única de nosotros que fumaba y un viejo árabe le ofrecía tabaco, ofreciéndolos de tal manera que tuviera que alargar su mano para cogerlos, él observaba los anillos en sus dedos.

Estuvimos jugando a juegos de palabras para mantener a los chicos lejos de malos pensamientos, el tiempo ya era frio y ventoso, nos tendimos en el suelo e intentamos estar calientes.

A la una en punto nos llevaron a los camiones, intentaron llevar a las mujeres por separado y yo proteste diciendo que debíamos ir todos juntos, mientras subía la señora Shearer al camión alguien le arrebató el anillo de boda. Temía que sospechando que todo había sido un gran error nos hicieran desaparecer en el desierto, como si aquí no hubiera pasado nada. A una milla del campo paramos en una tienda donde había un árabe que podía hablar inglés, nos dijo que nos llevaban a un hospital. Pero media hora más tarde los camiones retornaron al anterior campamento y de vuelta al cuarto de adobe, nos dijeron que había llegado un mensaje por radio, decía que por la mañana ” el Gran Rey” vendría a visitarnos.

La llegada del “Gran Rey”

Sufría grandes dolores durante la fría y amarga noche. Mi abdomen se había hinchado tanto que casi no podía respirar. Al amanecer nos dieron algunas latas inglesas de piña enlatada, y más te, y de nuevo hablaron de que el “gran Rey” venía. Los soldados vestían como soldados de plomo con sus limpios uniformes, atisbamos a través de las rendijas de la caseta al comité de bienvenida. A media mañana, tumbado sobre el suelo y apoyada la cabeza en la pared, sin curas de ningún tipo, cuando llegó el guarda que traía un suave cojín que colocó sobre un tronco de madera, no era para mí, el “gran Rey” entró y se sentó sobre él. Era el príncipe Khalid ibn Saud, uno de los hijos del rey Saud. Era alto, cortés y muy tranquilo, con él iba un oficial de la fuerza aerea saudí, quién nos interrogaba y traducía para el príncipe en un perfecto inglés. Se hacía patente que la emboscada, el ataque, el tratamiento, se debía al fanático miedo de los árabes hacia Israel, se habían convencido que todos nosotros, incluidos mis hijos pequeños éramos todos comandos israelíes disfrazados, la primera pregunta resultó ser …que fue de los aviones de escolta que llevábamos, y el buque de guerra que nos seguía, o las tropas israelíes que estaban agrupándose para apoyar nuestra invasión.

Les dijimos que no habíamos visto otras personas, aviones, o barcos y que solo éramos una familia de turistas americanos. Nos preguntaron porque habíamos devuelto el fuego, y arrojamos las armas por la borda, o porque rechazamos rendirnos.

A pesar de nuestras negaciones y protestas ellos continuaban preguntando las mismas cuestiones con distintas variaciones. Supimos después que el interprete no estaba traduciendo correctamente. El no le estaba dando al príncipe Khalid la historia real porque no quería mostrar al ejercito saudí como cobardes y estúpidos, pregunté por un doctor y les mostré mi herida, nada de eso le fue dicho al príncipe.

El príncipe Khalid salió para inspeccionar nuestro avión. Esa tarde nos vendaron los ojos de nuevo, nos llevaron a los camiones, dos horas a través del desierto hasta donde el avión estaba. El príncipe había montado un campo de tiendas cerca del avión, nos llevaron a un para nosotros especialmente que parecía a la de las películas, con alfombras, y brillantes colores. Durante la tarde los soldados trajeron la ropa que pudieron rescatar del avión y la tendieron sobre el suelo para que secara.

No nos lo podíamos creer cuando un americano asomó su cabeza por la puerta de la tienda y dijo “que tal”, era un piloto de las líneas aéreas saudíes que había traído al príncipe, había estado todo el día buscando la oportunidad para hablar con nosotros, nos dijo que el príncipe se encontraba en una situación embarazosa y que intentaba tapar el incidente cuanto antes. Pronto los soldados nos encontraron hablando y le solicitaron que abandonara la tienda.

No dio unas tabletas de vitamina “c”, era lo única ayuda que nos podían ofrecer, más tarde lo oí hablando pidiéndole poder sacarnos de la zona.

Por la tarde encendieron las luces provenientes de un generador portátil, nos ofrecieron una gran cuenco con arroz y cordero. Por la noche había un gran actividad ya que celebraban el Ramadán. Nuestro amigo americano nos aconsejo dejar las luces encendidas toda la noche. El príncipe durmió casi todo el día siguiente, a media mañana nos trajeron el botiquín del avión, pero casi todo estaba inservible, lo único un antiséptico que nos sirvió para limpiar las heridas. A media tarde llegó un avión desde Tabuk con un médico egipcio un anestesista y un equipo completo de operación de campo. Tras una breve observación dijeron que no creían que la bala estuviera todavía alojada en el cuerpo , con lo que con un antiséptico, un vendaje, y un poco de penicilina estaba ya listo para viajar.

Con ayuda del amigo americano, nos acercamos a la tienda de príncipe, medio a regañadientes, para agradecerle la hospitalidad, tuve que saludarlo con la mano izquierda ya que le derecha la tenía inutilizada debido a un antiguo accidente, el americano me comentó después que había ofendido grandemente al príncipe ya que los árabes usan la manos izquierda sólo para el urinario.

A las 7:30 aterrizamos en Jidda. Dos limusinas se acercaron hasta la rampa del aeropuerto y nos sacaron de allí a toda prisa hasta el hotel Kandara Palace. Nos mantuvieron allí para otras 5 horas más de interrogatorio, tiempo durante el cual se nos negó hacer una llamada de teléfono al menos, se nos amenazó con mantenernos incomunicados hasta que no le diéramos toda la información que querían tener, hasta que me enfurecí y les prometí que no diría ni una palabra más, las cosas se estancaron hasta que a medianoche el embajador de Estados Unidos Donald Heath, su esposa y varios miembros de la embajada se personaron en nuestra habitación junto con un alto oficial del ministerio de asuntos exteriores saudí, Sayyid Omar Sakkaf. El embajador presionó un poco para poder vernos, en presencia del embajador contamos la historia de todo lo que nos había ocurrido, a la señora Shearer y a mí mismo nos llevaron al hospital, para un reconocimiento con rayos x, el informe del doctor era un obra maestra de la evasión, ” un opaco F.B. (foreign body=cuerpo extraño) de densidad metálica se aprecia en el abdomen en la zona baja del riñón derecho a nivel de el margen superior de la tercera vértebra lumbar, su forma se asemeja a una bala”. Permanecimos en Jidda en el hotel tres semanas, recuperándonos de nuestra experiencia, dando detalles de nuestra historia a funcionarios americanos y presentando nuestras reclamaciones al gobierno saudí.

Mientras estábamos allí, se nos contó como el oficial a cargo de las tropas que realizaron la emboscada fue juzgado ante corte marcial y decapitado, y que los soldados que robaron joyas, pieles y otras cosas valiosas del avión, les fueron cortadas las manos.

No sé nada sobre eso, todo lo que sé es que cuando el embajador Heath presentó una fuerte protesta ante el gobierno de Arabia Saudita se le respondió rápidamente: el gobierno rechaza aceptar cualquier responsabilidad por la emboscada, por las heridas, o por las propiedades perdidas. En cuanto concierne a Arabia Saudi el incidente se da por terminado.

Fotos

Unas cuantas fotos que tienen relación con el suceso:

Foto satelite del lugar

Aclarar que en aquella zona, el Golfo de Aqaba hacía muy poco tiempo se había envuelto en uno de los primeros conflictos árabe-israeli, con el cierre del Golfo de Aqaba por parte de Egipto, por tanto era un zona caliente. más tarde volvería a ocurrir otro incidente similar.

El incidente ocurrió justo en la salida de este Golfo en al márgen derecho.
Los beduinos que atacaron a la familia kendall, pertencían a una de las numerosas tribus adjuntas al ejercito de Arabía Saudí , y que eran utilizadas praticamente como guardias de frontera, de esta manera el Jeque saudí también se aseguraba la fidelidad de estas tribus, siempre muy independientes en su froma de actuar.Cada año tenían que presentarse ante el palacio del jeque, y presentar allí sus respetos y fidelidad, a cambio recibían ciertos privilegios y dinero.

Written by bernatejal

25 junio, 2011 at 9:09

Publicado en aviación, Relatos

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